Cuando la percepción da paso al sacrificio

The Art Berries - Anish Kapoor, Hayward gallery, London, UK

Anish Kapoor
Hayward Gallery, Londres, Reino Unido
16 de junio al 18 de octubre de 2026

Casi tres décadas después de su primera gran retrospectiva en la Hayward Gallery, Anish Kapoor regresa con una exposición tan espectacular desde el punto de vista visual como emocionalmente perturbadora. Sus instalaciones monumentales continúan desafiando nuestra percepción del espacio, mientras que sus obras más recientes nos enfrentan a la carne, el ritual y las imágenes sacrificiales. Juntas revelan las dualidades que han definido toda la trayectoria de Kapoor, al tiempo que plantean interrogantes sobre hasta qué punto la exposición consigue conectar estas distintas expresiones de unas mismas inquietudes artísticas.

La retrospectiva refleja también un cambio más amplio en la manera de concebir las exposiciones. En un contexto en el que los museos compiten por la atención de públicos cada vez más fragmentados, las muestras con mayor capacidad de convocatoria rara vez dependen de un único atractivo. La propuesta de Kapoor combina inmersión sensorial, espectacularidad monumental, reflexión intelectual y confrontación emocional, demostrando cómo las instituciones culturales construyen hoy experiencias con múltiples niveles de lectura.

Ganador del Premio Turner en 1991, miembro de la Royal Academy desde 1999 y nombrado caballero en 2013, Kapoor se ha consolidado como una de las figuras esenciales de la escultura contemporánea.

La fascinación de Kapoor por las dualidades ha permanecido sorprendentemente constante a lo largo de su carrera. Presencia y ausencia, materia e inmaterialidad, cuerpo y espíritu, atracción y repulsión atraviesan toda su producción. Desde principios de los años ochenta, sus esculturas han explorado lo que él denomina «el espacio del objeto», invitando al espectador no solo a cuestionar lo que ve, sino también la manera en que experimenta el espacio.

Esa investigación resulta evidente desde el primer momento con All of Nothing (2026), una enorme membrana inflable de PVC que ocupa la sala de entrada de seis metros de altura y comprime al visitante entre la escultura y la arquitectura. Kapoor describe la obra como algo que no es ni escultura ni arquitectura en sentido estricto, sino un encuentro físico en el que el cuerpo pasa a formar parte de la propia obra. Es un comienzo impactante que altera inmediatamente nuestra percepción de la escala y del espacio.

Una de las salas más logradas, y también mi favorita, está dedicada a sus célebres vacíos y esculturas realizadas con Vantablack. Aquí, la superficie y la profundidad se disuelven en una incertidumbre óptica constante. Como el propio Kapoor ha señalado al referirse al Cuadrado negro de Kazimir Malévich, estas obras habitan un espacio situado entre la realidad y la ilusión, recompensando una mirada lenta y atenta.

Art Blueberry next to Anish Kapoor’s artwork made with Vantablack

La sala siguiente marca un cambio gradual de tono. Obras como Mount Moriah at the Gate of the Ghetto (2022) y Plastic Sacrifice I, II, III introducen un lenguaje mucho más visceral de carne, sangre y sacrificio ritual. La investigación de Kapoor sobre la interioridad adquiere aquí una expresión más corpórea, enfrentando al visitante a imágenes tan monumentales como capaces de provocar una auténtica sensación de repulsión.

La planta superior desarrolla estas ideas con Ha Makom. Inspirada en parte por las visitas de Kapoor a Uluru y por el concepto hebreo de «el lugar» como manifestación de lo divino, la instalación amplía la exploración del ritual y la trascendencia presente en toda la exposición. Sin embargo, pese a su poderosa presencia física, me pareció que su simbolismo dejaba menos espacio para la interpretación que las primeras obras perceptivas del artista. El misterio seguía presente, pero parecía más guiado que descubierto.

Kapoor rechaza la idea de que estas obras supongan una ruptura con su producción anterior. En una reciente entrevista para The Art Newspaper, afirmaba que «el ritual ha sido una parte fundamental de mi trabajo durante muchísimos años», añadiendo que «el vacío es una forma de explorarlo, y esta es otra». Más que abandonar sus preocupaciones iniciales, Kapoor presenta estas esculturas viscerales como una nueva forma de investigar la interioridad. Su interés por las dualidades permanece intacto.

Sin embargo, como visitante, tuve la sensación de que el lenguaje simbólico de la exposición, construido en torno al ritual y las imágenes sacrificiales, resulta más explícito que el lenguaje perceptivo que definió sus primeras obras. En lugar de permitir que el significado emergiera lentamente a través de la observación, algunas piezas parecían llegar acompañadas de su propio marco interpretativo.

Más que desarrollarse como un discurso continuo, la exposición se percibe en ocasiones como dos expresiones complementarias, aunque insuficientemente integradas, de una misma investigación artística. Kapoor ha defendido siempre que el ritual constituye el núcleo de su obra, desde el carácter contemplativo de sus primeros pigmentos y vacíos hasta las imágenes sacrificiales de sus esculturas más recientes. Sin embargo, la exposición no siempre consigue hacer plenamente legible esa evolución, dejando al visitante la tarea de tender el puente conceptual entre la contemplación y la carnicería ritual.

Esa tensión se refuerza en las terrazas exteriores de la Hayward Gallery, donde las monumentales esculturas de acero pulido devuelven al espectador a las investigaciones perceptivas que han caracterizado durante décadas la obra de Kapoor. Sus superficies reflejantes disuelven la arquitectura en un juego continuo de movimiento e incertidumbre, completando la exploración de las dualidades que atraviesa toda la muestra y poniendo de manifiesto, al mismo tiempo, la dificultad de integrar plenamente sus dos principales lenguajes artísticos.

Quizá ese diálogo inacabado forme parte del propio proyecto de Kapoor. A lo largo de toda su carrera ha rechazado las oposiciones simples, permitiendo que objeto y no objeto, cuerpo y vacío, certeza e incertidumbre convivan en un mismo espacio. Su exploración del ritual no ha cambiado. Lo que sí ha cambiado es el registro emocional con el que ese ritual se expresa, desplazándose de una ambigüedad contemplativa hacia una confrontación visceral. Si ambos lenguajes terminan por enriquecerse mutuamente o permanecen en una tensión productiva es una cuestión que la exposición deja deliberadamente abierta.

Para seguir explorando
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Agradecimientos
Mi agradecimiento a Ottavia Castellina por las fotografías de retrato que acompañan esta reseña.
Fotografía de Ottavia Castellina →

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