Terrafilia: Más allá de lo humano
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid, España
1 de julio – 24 de septiembre de 2025
Si estás en Madrid, o planeas una visita este mes, te recomiendo la exposición Terrafilia en el Museo Thyssen-Bornemisza. Al reunir distintas disciplinas y múltiples obras de arte, nos invita a imaginar nuevas formas de habitar la Tierra desde una perspectiva más holística y esperanzadora.
Comisariada por Daniela Zyman, la muestra ofrece un enfoque fresco: reinterpreta la amplia colección del museo e incorpora nuevas obras para proponer narrativas alternativas sobre el habitar en el mundo—desde la afinidad interespecies hasta nuevas formas de colectividad y el cuidado planetario.
Terrafilia, un término que combina las palabras terra (tierra) y filia (amor y amistad), expresa una conexión emocional, ética y espiritual con el planeta.
La exposición nos invita a repensar nuestro lugar en el planeta—no como soberanos u observadores distantes, sino como compañeros en un mundo compartido. Propone un reajuste cultural y político más allá de lo humano, abriendo caminos hacia un nuevo pensamiento ecológico y planetario. Esa reimaginación se siente especialmente urgente en el clima político actual.
Aquí, el colapso ecológico se plantea no solo como una crisis ambiental, sino como una ruptura en nuestra capacidad de convivir en armonía. Artistas, poetas y filósofos reflexionan sobre esta ruptura: cómo símbolos de salvación, como el barco, también arrastran historias de exclusión, imperio y explotación. Y sin embargo, a través de la imaginación, el ritual y la memoria, las comunidades resisten, reclaman y rehacen su lugar en los bienes comunes planetarios. Terrafilia no es solo una idea—es también una herramienta pedagógica, una práctica política y una visión poética.
Quiero destacar aquí algunas de mis obras favoritas.
En la entrada, el artista mexicano Dr. Lakra presenta Monomitos: figuras escultóricas y de collage inspiradas en cosmologías africanas, asiáticas y mesoamericanas. Se erigen como emisarios entre mundos—humanos y no humanos, visibles e invisibles—cargados de espiritualidad y de una subversión lúdica. Estas figuras son mágicas.



Dr. Lakra, ‘Monomitos’
La primera sala, El planeta animado, abraza la idea de la Tierra como un sistema vivo y dinámico, modelado por la interacción entre organismos, entornos y fuerzas planetarias. La vida surge no de manera aislada, sino a través de cooperación, simbiosis e intercambio—conceptos presentes tanto en cosmologías indígenas como en la ciencia contemporánea.
Entre las obras destacan la pintura de Kandinsky, donde las formas orgánicas sugieren una vitalidad profunda. Su cosmos abstracto de formas fluctuantes y colores vibrantes evoca fuerzas espirituales y vitales más allá de las apariencias. Regina de Miguel, en Proliferación Quimérica, imagina ensamblajes multiespecies que difuminan los límites entre animal, hongo, mineral y cosmos. Diana Policarpo, en una animación 3D, explora las capacidades químicas del hongo cornezuelo del centeno—capaz de curar y de envenenar. Me fascinó descubrir hace un tiempo el papel esencial de los hongos en los ecosistemas a través de sus redes subterráneas invisibles.



Entre las piezas históricas se incluye Orquídea y colibrí cerca de una cascada de Martin Johnson Heade, que muestra una relación mutualista. También me cautivaron las “paisajes trascendentales” de Charles Ephraim Burchfield, que otorgan un aura espiritual y de asombro a escenas aparentemente ordinarias.


The art blueberry junto a pinturas de Charles Ephraim Burchfield
Otra sección destacada, El mundo objetivo, reflexiona sobre cómo la ciencia moderna, enraizada en los ideales ilustrados, diseccionó, cartografió y extrajo la naturaleza para alimentar imperios. Mientras que algunas obras históricas ilustran cómo los instrumentos de observación intentaban contener y hacer comprensible el mundo, las piezas contemporáneas cuestionan este legado. Thomas Ruff, en su serie Sterne, recupera negativos astronómicos y transforma los datos en enigmas cósmicos. Olafur Eliasson, en New Berlin Sphere, utiliza luz y geometría para crear un campo perceptivo en constante flujo, desestabilizando la objetividad como verdad fija.


Más adelante encontramos paisajes norteamericanos del siglo XIX, como Puesta de sol en Yosemite de Albert Bierstadt, que reflejan la ideología del Destino Manifiesto, mostrando tierras como vacías y listas para ser colonizadas. En contraste, Brad Kahlhamer, en Billy Jack Jr., combina iconografía indígena con un lenguaje visual contemporáneo para explorar identidad y desplazamiento cultural. La obra cuestiona la visión idílica del paisaje al enfrentarla con las realidades de quienes fueron despojados de sus mundos.


En la misma sala, las esculturas totémicas de Daniel Otero Torres combinan dibujo hiperrealista con escultura para rendir homenaje a comunidades marginadas, luchadores por la libertad y tierras ancestrales que resisten al colonialismo y la explotación ecológica. En Hugs III, los cuerpos entrelazados simbolizan la unidad cultural y el poder de la solidaridad.

Entre mis favoritas está Deus ex machina de Naufus Ramirez-Figueroa: una rama de bronce suspendida que recuerda el recurso teatral de un dios descendiendo para resolver lo irresoluble. De ella cuelgan máscaras que evocan ancestros del folclore guatemalteco, mientras un pájaro se posa silenciosamente. Elementos naturales, espirituales y humanos se entrelazan para concienciar sobre el trauma colonial, la resiliencia y la memoria vinculadas a la disrupción ambiental.

The art blueberry junto a ‘Deus ex machina’ by Naufus Ramirez-Figueroa
Cerca de allí, Hervé Yamguen, en Historia de cabezas 3, confronta la violencia colonial en Camerún a través de una figura de bronce con múltiples rostros. La obra reflexiona sobre la resistencia cultural y celebra la continuidad de la vida y la conexión ancestral con la tierra. Los huecos y los múltiples ojos, bocas y narices evocan la fragmentación de la identidad, la pérdida de memoria y los efectos del despojo.

La sección El retorno del mito explora los momentos en que las estructuras del presente se tambalean. El mito aparece aquí no como reliquia, sino como narrativa viva que inquieta, reconfigura y renueva. En Expulsión: Luna, Cole y Fuego, Thomas Cole representa la caída bíblica, visualizando la fractura entre el paraíso y el mundo caído. En contraste, el Mandala de Chakrasamvara despliega un cosmograma tántrico que revela la unión divina y la disolución de las dualidades. En el centro, Chakrasamvara y Vajravarahi se abrazan en danza sagrada, simbolizando la fusión de compasión y sabiduría—el camino tántrico hacia la liberación.


Cosmogonías oceánicas recoge relatos de creación ligados al agua, el movimiento y la interconexión. En Galatea, Gustave Moreau sitúa a la ninfa marina entre mundos, encarnando deseo, mito y transformación. Carsten Höller, en Red Walrus, presenta un cuerpo sintético rosa, varado entre la extinción y lo artificial. Al fondo, Susanne Winterling, en Planetary Opera, sumerge al espectador en un campo digital de microalgas, difuminando los límites entre mar profundo, cielo y espacio interestelar.


La exposición concluye regresando a El planeta animado, donde la vida fluye a través de fronteras porosas entre especies, elementos y formas. Georgia O’Keeffe, en White Iris No. 7, acerca la flor hasta casi abstraerla, vinculando su visión del mundo orgánico con el élan vital de Henri Bergson, el espíritu que anima la vida. Max Ernst, en Árboles solitarios y conyugales, recurre a técnicas surrealistas para explorar el umbral entre naturaleza y sueño. Daniel Steegmann Mangrané, en Un sueño soñando un sueño, introduce al espectador en un cosmos selvático digital donde se disuelven las identidades humanas, animales y espirituales, influido por cosmogonías amerindias.


Finalmente, la instalación encargada a Sissel Tolaas, whereareWEarewhere, impregna la muestra con moléculas olfativas de paisajes, climas y ecologías diversas. Difundidas en recipientes olfativos, evocan océano, animal, humano, estratosfera y tierra. Al activar el olfato—un sentido poco habitual en el arte—la obra transforma la exposición en un cuerpo vivo y palpitante, convirtiéndola en una experiencia verdaderamente sensorial.

A través del arte, la filosofía y el conocimiento ancestral, Terrafilia revela cómo el amor a la Tierra puede inspirar justicia, comunidad y cuidado a lo largo del tiempo y entre especies. La exposición nos invita a reimaginar nuestro lugar en el planeta, no como soberanos ni espectadores distantes, sino como compañeros en un mundo compartido. Un enfoque más holístico y afectivo que abre la posibilidad de habitar la Tierra con sensibilidad y esperanza.


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