Recuerdos de plata

Cornelia Parker
Tate Britain, Londres, Reino Unido
19 mayo – 16 octubre 2022

La esperada retrospectiva de Cornelia Parker en Tate Britain se presenta como una especie de regreso simbólico: una puesta en escena de ingenio, tensión y poesía visual. A sus sesenta y cinco años, Parker sigue siendo una de las artistas conceptuales británicas más lúcidas, y esta amplia muestra permite apreciar la amplitud de su imaginario y su inconfundible manera de desarmar el mundo.

Siempre han sido sus instalaciones las que más me conmueven: espacios poéticos donde la materia parece flotar entre significados, invitándonos a una contemplación silenciosa que descoloca y fascina.

La exposición se abre con Treinta piezas de plata (1988–89), tan inquietante como delicada. Treinta círculos de platería aplastada levitan a pocos centímetros del suelo, convertidos en sombras metálicas de lo que fueron. El eco bíblico es inevitable, pero la obra también carga con la ansiedad personal que Parker vivió ante la inminente demolición de su casa en el este de Londres. Contemplar estos objetos aplanados es como observar los restos de un imperio antiguo: nostálgicos, inquietantes y extrañamente tiernos.

En Cold Dark Matter: An Exploded View (1991) la artista captura un instante de destrucción con precisión cósmica. Los fragmentos de un cobertizo—detonado con ayuda del ejército británico—quedan suspendidos en pleno estallido, como si el tiempo se hubiera detenido. Las sombras proyectadas en las paredes completan la pieza: un universo explosionado, congelado para nuestra observación.

Parker retoma la plata comprimida en Perpetual Canon (2004), donde trombones y trompetas, aplastados y dispuestos en círculo, forman una banda fantasmal procedente de otra dimensión. La sala vibra con una presencia ausente.

Una de las instalaciones más conmovedoras es War Room (2015), una meditación silenciosa y devastadora sobre la pérdida. Una estructura en forma de tienda cubierta de papel rojo perforado, allí donde antes estuvieron las amapolas del recuerdo, evoca tanto ritual como vacío. Las amapolas ausentes representan a quienes fueron a la guerra y no regresaron. La referencia a la lujosa tienda que Enrique VIII levantó para una efímera cumbre de paz en 1520 aporta un matiz irónico: la paz, entonces como ahora, duró poco.

La muestra reúne también obras más pequeñas pero igual de afiladas, que revelan la fascinación de Parker por las huellas, las historias y la poesía inesperada de los objetos. Las marcas dejadas por los obreros en los muros de la prisión de Pentonville, fotografiadas por la artista, parecen una pintura abstracta; horas después de ser pintadas de blanco, un preso consiguió escapar escalando ese mismo muro. En otra serie, Parker toma fotografías con una cámara que perteneció al comandante de Auschwitz Rudolf Höss, cargando cada imagen con un peso histórico ineludible.

La colaboración es otro eje de su práctica. El bordado de la entrada de Wikipedia de la Carta Magna—cosido por presos, bordadores profesionales y figuras públicas como Edward Snowden y Julian Assange—propone una reflexión contemporánea sobre la autoría compartida.

Pese a la lógica rigurosa que estructura muchas de sus obras, el arte de Parker respira. Construye y deshace, destruye y recompone, invitándonos a considerar los significados que flotan entre los objetos y las conexiones invisibles que nos unen en el universo.

The art blueberry with Cornelia Parker’s Thirty Pieces of Silver

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